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Mr. Pill y el juramento hipocrático

Mr. Pill y el juramento hipócrita

Dinero, dinero... en mi cabeza constante estás... dinero, dinero... compras o vendes con intereses...

El Doctor Harmmert pasaba consulta en el único centro sanitario de su villa natal, Preskreeps Town, un lugar donde él era considerado como una especie de dios protector en la Tierra que tenía remedio para todo y para todos, incluso para aquellos descorteses y malagradecidos vecinos que sospechaban de la profesionalidad y diligencia de Cara de ángel, como a él se referían los del bando mayoritario, en el que abundaban los corteses y agradecidos y, cómo no, los aduladores, e incluso los súper aduladores.

Una tarde de verano, cuando ya no quedaban pacientes por ver, el doctor se disponía a apagar su computadora, pero no pudo evitar el impulso de antes de cerrar el navegador entrar en la web de su entidad bancaria para revisar su cuenta y, voilá, la cantidad que allí aparecía era esta vez ligera pero suficientemente superior a la de su último acceso hacía un par de días. Tras, ahora sí, despedirse de su ordenador hasta el día siguiente, salió raudo de su consulta y abandonó el viejo edificio que la albergaba con paso firme y sensación de placer en dirección a su casa, donde allí le esperaba su amada esposa.

— ¿Dónde está mi cariñito? ¿dónde se esconde mi dulce gatita? -preguntó un acaramelado e impaciente Harmmert, sabedor de que traía buenas noticias.

— ¿Ya estás en casa? Estoy arriba en el vestidor, probándome una prenda -respondió con sobriedad y cierto desdén la señora Harmmert.

— ¡Vamos, date prisa, que tengo algo muy importante que decirte!

— Ya voy, ya voy... siempre llegas en el momento más inoportuno -le espetó Matty, así se llamaba su dulce gatita. Palabras, por cierto, que podrían estar tentando a la suerte si un mal día Cara de ángel llegase de verdad en un momento inoportuno... por ejemplo mientras ella se estuviese revolcando en la cama con el lindo gatito con que solía hacerlo.

— ¡Oh, mi adorada Matty! ¿Sabes en qué mes estamos?

— ¿Y eso a qué viene... Mr. Pill?

Aunque el doctor Harmmert realmente se llamaba Philip, ella solía en broma dirigirse a él en privado como Mr. Pill -Sr. Píldora- en lugar de utilizar el apócope Phil, lo cual le irritaba enormemente.

— Sabes que detesto profundamente que te dirijas a mí de esa forma, Matty.

— Con lo que disfrutas y te regodeas recetando y recentando todo tipo de pastillas, toda clase de fármacos, incluso a esos hipocondríacos que no padecen de nada, a esas mujeres que van a tu consulta a pasar la tarde para que alguien escuche sus chismes y lamentos, a esos niños, adultos y abuelos que banderilleas a dos manos sin informarles, sin pedir su consentimiento, engañándolos, forzándolos en nombre de la ciencia a protegerse de un fantasma que aparece y desaparece, coartando su liber...

— ¡Matty, basta ya, no sigas, te lo prohíbo! -interrumpió exaltado e iracundo Mr. Pill.

— A veces pienso que deberías cambiar el cartelito con tu nombre en la puerta de la consulta por otro en que pusiese Mr. Pill -añadió Matty sarcástica y placenteramente mientras tomaba un cigarrillo de la pitillera dorada que el señor Píldora le había regalado gracias a esos incrementos que su número de cuenta veía reflejados de forma recurrente.

— ¿Por qué te empeñas en humillarme y destrozarme? A veces pienso que te da placer hacer esto conmigo -afirmó entre sollozos un ya impotente y calmado doctor Harmmert. Por cierto, que lo de impotente quizás tenía que ver con esas escaramuzas en el dormitorio de la Sra. Harmmert anteriormente mencionadas.

— Pobrecito, hasta voy a pensar que incluso tienes conciencia... a pesar de que últimamente a gran parte de tus clientes, sí clientes, porque eso es lo que parecen, yonkis esperando su dosis... los atiendes por teléfono, sin molestarte lo más mínimo por su estado... ¡qué bien te ha venido esto del bicho..!

Efectivamente, desde hacía algún tiempo el doctor se parecía más a un teleoperador de una línea caliente o de una empresa de soporte técnico; eso sí, aunque él no presenciaba y teletrabajaba... recetaba y recetaba.

El doctor Harmmert, que hacía sólo unos minutos había abandonado con resplandor en sus ojos el centro de salud donde trabajaba, se encontraba ahora derrumbado en el sofá, aturdido y sin saber qué decir. Matty no desaprovechó la ocasión.

— Dime, querido, ¿qué es eso tan importante que me tenías que decir y que no podía esperar?

Mr. Pill, cabizbajo, mantenía la mirada en sus zapatos. Cuando Matty había dado ya media vuelta y se encaminaba escaleras arriba para seguir probándose sus prendas de alta costura, su marido reaccionó...

— Espera Matty, por favor, espera.

Matty detuvo su marcha, se giró de nuevo, y sabedora del control psicológico que ejercía sobre aquella bestia corrupta y carente de empatía, clavó su mirada felina en los todavía vidriosos ojos de su marido, esperando sus palabras.

Mr Pill lapildoradelsaber.com
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— ¿Te acuerdas del viaje a esas islas paradisíacas que te había prometido para el verano si las cosas iban bien? -dijo el doctor Harmmert, sabiendo tanto él como su esposa que ese si las cosas iban bien tenía que ver con esas oscilaciones en su cuenta bancaria, con esos ingresos frecuentes que a veces también, de forma inesperada, se detenían,  y que procedían de la gran familia, su verdadera familia, la única, a la que servía con devoción, saltándose el juramento hipocrático, ante el cual ya en la Facultad de Medicina posaba con su rostro más serio y embriagado de dignidad, mientras por dentro le entraba la risa floja.

— Las cosas importantes son difíciles de olvidar, querido... y aunque sé que a veces soy un poco malvada contigo, sabes que en el fondo lo hago por tu bien, para limpiar tu conciencia... sabes que yo no podría vivir sin ti... -respondió Matty, cuyas cameladoras palabras, como de costumbre, iban poco a poco haciendo que Mr. Pill recuperara el semblante. Por cierto, que la expresión no podría vivir sin ti era literal, pues Matilda sabía perfectamente que su vida, tal cual la vivía, sería imposible de llevar a cabo sin la cuenta corriente y los extras de su marido. Sí, Matilda, este era el nombre de la manipuladora esposa del doctor, quien en contadas ocasiones se dirigía a ella como Material -pronunciado en inglés-, dados sus gustos y preferencias por un estilo de vida abrazado al lujo. A diferencia del malestar que él sentía cuando ella le llamaba Mr. Pill, Matilda mostraba indiferencia, e incluso agrado, cuando su verdadero nombre era reemplazado.

— Ven, dame un beso y olvidemos este mal trago -requirió el doctor.

Ya reconciliados, Cara de ángel, al que tan sólo hace unos instantes se le había quedado cara de tonto, tomo aire para anunciar la buena nueva.

— Quince días de ensueño, a todo lujo, como tú te mereces... los mejores hoteles, sus mejores suites, los más exquisitos restaurantes, las tiendas más exclusivas para tus compras... Ya tengo los billetes y, ¡oh, sorpresa..! Viajaremos en jet privado -expresó un eufórico y extasiado Mr. Pill.

— ¿Jet privado? -interrumpió rauda Matty, entre la incredulidad y la expectación.

— Así es, como lo oyes, ya sabes que mi verdadera familia, la única que tengo, me cuida y se preocupa por mi, siempre atenta a mis necesidades, siempre detallista. Están extraordinariamente contentos con el saldo de nuestra amistad en este último año y, a modo de recompensa y de incentivo para seguir escalando hacia objetivos más ambiciosos, han puesto a nuestra disposición un lujoso avión que nos llevará y traerá de vuelta. No han escatimado recursos y no han dejado cabos sueltos, lo cual quiere decir que un taxi privado nos llevará de Preskreeps Town al aeropuerto. ¿No es fantástico cariño?

Mr Pill lapildoradelsaber.com
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El teléfono de la sala donde ambos se encontraban comenzó de repente a sonar. El doctor, que todavía esperaba la reacción de su esposa, ante la insistencia del estruendoso timbre, se dirigió hacia el aparato y descolgó.

— ¿Diga?

— ¿El doctor Harmmert, Philip Harmmert? -preguntó al otro lado de la línea una voz grave y engolada.

— Sí, al habla.

— Usted no me conoce personalmente, pero el Sr. Dammaiche... nuestro enlace, a quien usted bien conoce... ¿cierto?

— Sí, claro...

— Como le decía, el Sr. Dammaiche nos ha hablado maravillas de usted y, especialmente, de su rendimiento en el centro de salud... ya me entiende...

— Sí, claro que sí... le entiendo...

— Es por eso que yo, personalmente, quería hablar directamente, sin intermediarios, para desearle a usted y su esposa un feliz viaje y unas buenas vacaciones, así como manifestarle que en la casa, que es la suya también, estamos orgullosos de usted y de su trabajo.

— Muchas gracias por su palabras... Señor...

— Déjelo ahí, no importa, no es relevante que sepa quien soy, lo verdaderamente a tener en cuenta es, repito, su magnífica labor y resultados.

— Gracias de nuevo. Y sólo decirle, si me lo permite, que no se vaya a pensar que los estímulos que recibo me los gasto sólo en asuntos personales, de mi vida privada... también hay informes, algo de investigación, no quiero que usted piense que...

— Sr. Harmmert -interrumpió bruscamente la voz del otro interlocutor cambiando el tono y visiblemente molesto-, lo que usted haga o deje de hacer con las recompensas por su esfuerzo es irrelevante para nosotros, nos trae sin cuidado... Lo dicho, disfrute de sus merecidas vacaciones y salude a su esposa.

Tras colgar la voz misteriosa, dejando al doctor con la palabra en la boca y un tanto confuso, éste hizo lo propio, regresó a donde estaba su esposa y tomó de nuevo asiento en el sofá.

— ¿Quién era..? ¿Y esa palidez en tu cara..? Ni que hubieras estado hablando con alguien del más allá... -comentó Matty irónica y ávida de respuesta.

— No lo sé...

— ¡¿Que no lo sabes?! ¿Mantienes una conversación durante unos minutos y no sabes quién está al otro lado del teléfono?

— No quiso revelar su identidad, pero es alguien de arriba, ya sabes, y de bien arriba... -precisó el doctor con la voz apagada y algo temblorosa, al tiempo que con su dedo índice apuntaba hacia el techo. Es como si la conciencia que parecía no tener, le estuviese jugando una mala pasada, pues debería ser gratificante el hecho de que alguien muy importante de la casa se hubiese tomado la molestia de llamarlo personalmente para felicitarlo y deshacerse en elogios... Claro que... ¿hacia él, o quizás más hacia los resultados de su trabajo? Una extraña y agobiante angustia no sentida hasta el momento, pareció embargar al doctor.

— ¿Y bien...?

— Nada, todo en orden. Era sólo para felicitarme por mi trabajo y hacerme saber que están contentos y que debo seguir superándome...

— Aunque sea a costa de engañar y dañar a tus clientes, digo... pacientes -le soltó Matty con su lengua-látigo-.

— ¡¿Vas a empezar de nuevo?! ¡¿Acaso tú no te beneficias también de todo esto?! -replicó el doctor con una mirada tensa, penetrante y desafiante, como nunca antes su esposa la había visto. Mr. Pill había abadonado la escena, y Philip había entrado en ella.

— ¿Cuándo dices que debemos tomar ese avión? -preguntó Matty en tono meloso.

— Dentro de tres días.

— Entonces creo que llegó la hora de ir preparando las maletas.

Philip Aloysious Harmmert -Doctor Harmmert para sus pacientes más desconfiados, Cara de ángel para los más ignorantes y aduladores, Mr. Pill para su esposa y máquina registradora para la voz misteriosa- sabía que su juramento hipocrático era más bien un juramento de hipócrita, pero curiosamente parecía sentirse menos miserable de lo que realmente era sabiendo que otro tipo de hipocresía, obviamente no tan lesiva como la que él practicaba, campaba a sus anchas en sus círculos sociales... y en su entorno más íntimo.

 

[Nota: Este microrrelato ni pretende ni tiene como fin demonizar, caricaturizar o generalizar sobre las prácticas médicas y los profesionales que las llevan a cabo, sino denunciar a aquellos garbanzos negros que han vendido su dignidad y su honor a cambio de unas monedas de plata, traicionando el elevado y noble principio al que un día se encomendaron: velar ante todo por la salud y el bienestar de sus pacientes. En la vida se puede perder todo... menos el alma.]